Seis bajo el mismo techo en tiempos de encierro

(Este reportaje fue publicado el 22/03/2020 en La Tribuna de Ciudad Real)

Foto: Tomás Fernández de Moya

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La película de los viernes, uno de los momentos más deseados de la semana, es ya una actividad diaria en casa de los Rey Sánchez, una familia de seis miembros que vive estos días encerrada en algo menos de 100 metros cuadrados. «Las dos más pequeñas», se refiere a María, de 5 años, y a Ana Luna, de 2, «lo llevan peor, no dicen nada pero a cierta hora les cambia el carácter, lloran por nada y la verdad es que necesitan salir al parque, correr, montar en bici, etcétera», narra la madre, Ana Sánchez. «Los dos mayores», Julia, de 10 años, y Vicente, de 8, «lo llevan mejor, supongo que porque entienden mejor la situación y porque tienen la opción de ver cada día una película, les encanta el cine y antes solo podían el viernes». Una pequeña gran concesión que endulza momentos duros en los que la rutina se ha mantenido dentro de lo posible.

Es Ana la que se encarga la mayor parte del tiempo de cuidar a los niños, ya que su marido, Vicente, sigue saliendo a trabajar (esta semana, en turno de mañana, por lo que a partir de mediodía también está en casa). Ha cambiado el colegio y la guardería de la pequeña por clases en las que es la maestra improvisada. «Nos sentamos los cinco a la mesa del salón y hacen su horario escolar», cuenta: «Intento que sea lo más normal posible, respetando más o menos su horario de recreo y, si toca educación física, nos acordamos todos a la misma hora». Nada es igual, claro, por lo que «tienen momentos de querer dejar la tarea y hacer otras cosas», lo cual Ana considera «normal» dada la situación.

En eso ha variado totalmente su vida respecto a hace una semana, cuando era la encargada de llevar y traer a los niños al cole, preparar la comida y hacer las tareas de la casa y, en su tiempo libre, estudiar inglés, algo que sigue haciendo estos días en los pocos huecos que encuentra para ella. Han cambiado drásticamente sus tardes: «Dos días iban a actividades y otras dos, al parque», cuenta recordando sus rutinas. Ahora, «nos dedicamos a jugar y también vemos alguna peli», explica.

Apenas tienen respiro, porque aunque su piso cuenta con dos terracitas, una de ellas se emplea para tender la ropa y «la más cuadrada, cerrada, hace de cuarto de los juguetes», de forma que no tienen modo de jugar al aire libre. Aunque participan en los aplausos públicos de cada tarde y en las obras de arte en las ventanas, las suyas dan a patios dentro de la urbanización, de modo que casi no ven niños en otros pisos.

El puente, que prometía divertido, va a tener mucho que envidiar a sus fines de semana habituales: La catequesis y el parque del viernes por la tarde, las visitas a los abuelos el sábado, con viaje al pueblo incluido, la misa del domingo y la comida y la tarde con amigos, o la comida con abuelos y la tarde con tíos y primos han desaparecido de un plumazo. Pero saben que es por su bien. «No sé si realmente entienden todos lo que pasa, por la diferencia de edades, pero sí que asumen la importancia de que para protegernos y proteger a los demás debemos permanecer en casa», reflexiona Ana. «Creo que por eso llevan mejor estar encerrados». Han tenido que evitar, incluso, la celebración del cumpleaños del abuelo: «Nos hubiera encantado estar todos juntos, abuelos, tíos y primos, pero entienden que ahora no puede ser, pero que pronto lo celebraremos». Aparte de la película de los viernes, hay alguna que otra ventaja: «Pongo una lavadora diaria, cuando antes ponía dos o tres, de forma que hay menos cosas que hacer y lo llevo bien». No han sufrido los ‘asaltos’ a los supermercados y apenas se han visto afectados, pese a ser seis los que comen en casa. «Normalmente hacemos una compra grande una vez al mes, con productos de limpieza, higiene y perecederos, y solemos tener bastante leche», por lo que tenían de sobra cuando llegó el confinamiento (no han salido desde el jueves por la tarde). «Lo malo es la fruta y verdura fresca, que solíamos comprar a menudo, y en eso sí notamos el no salir a comprar», explica, algo de lo que ahora se ocupa el padre, que es el único que sale y compra lo que van necesitando. Éste ha de ser especialmente cuidadoso con la higiene: «Cuando llega del trabajo se quita la ropa, que solo utiliza en el trayecto porque allí se queda el uniforme que usa, la pongo a lavar, se ducha y limpia las llaves, el móvil…», explica con precisión Ana, a lo que suma que todos han extremado la higiene personal y que lavan mantas, sábanas y toallas más veces. «Creía que lo iba a llevar peor», concluye Ana, contando como todos los días que quedan para el fin del aislamiento, aunque nadie sabe cuánto queda por delante.

Ocho en 70 metros, pero con patio

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Nuestros días están siendo bastante estresantes», afirma Gemma Gigante después de una semana de reclusión. Algo que podría compartir con la mayoría de los ciudadanos si no fuera porque Gemma encabeza una familia de ocho que vive en una parcela de 170 metros cuadrados en Daimiel, solo 70 de ellos habitables y el resto al aire libre.

Germán Vizcaíno, que el viernes celebró un 50 cumpleaños atípicos, y Gemma Gigante tienen seis hijos de muy diversas edades, lo que hace que estos días sean de todo menos aburridos. Nazareth tiene 25 años y es estudiante, al igual que su hermano Francisco José, de 17; David, tiene 21 y está en paro; Jesús, de 9 años, Daniel, de 5, son los más agobiados por las tareas escolares. La pequeña de la familia se llama Elsa y tiene solo dos años.

Apenas han fijado rutinas estos días: «Las únicas son los horarios de la comida, merienda y cena, lo demás es a demanda», asegura Gemma, visiblemente agobiada por la tarea escolar. «Día a día están obligados, sin dejar día de descanso ya que se acumula a veces con la del día siguiente», se queja esta ama de casa reconvertida, por arte y gracia del confinamiento, en profesora particular. «Es bastante estresante esta situación de estar encerrados, pero lo agravamos con las tareas», reconoce.

La solución, sobre todo con los más pequeños, es «ponerlos a jugar para que desconecten». En ese caso, el patio es el gran aliado: «Juegan con sus bicicletas y patinetes y así vamos pasando los días», afirma, consciente de que un terreno al aire libre es todo un tesoro. En otros momentos, se divierten con juegos de mesa, llaman a familiares y hacen videollamadas con los amigos. «Y los peques con los compañeros de clase, se echan de menos», recuerda Gemma.

Al menos están al cargo los dos adultos, puesto que el padre, Germán, transportista, está también confinado. Así son más fáciles las tareas de la casa, donde la higiene ahora es primordial: lavado frecuente de manos, ducha diaria y ropa limpia, además de ventilación por la mañana y al atardecer.

Su contacto con el mundo exterior es la salida a comprar: «El que sale también se cambia de calzado y de ropa y pasa derecho a lavarse bien las manos», advierte. Fueron previsores y el viernes 13, primer día del encierro obligado, Gemma hizo la compra de toda la semana. «Y el padre está saliendo estos días a comprar el pan y si hay algo que se necesite».

En todo este escenario, donde se combinan los diferentes gustos y necesidades, está el miedo al coronavirus que impregna todo, pero también la conciencia de que el confinamiento es lo más necesario. «Los grandes somos conscientes de lo que está pasando pero los peques no, así que les estamos diciendo que hay un bichito y que si salimos podemos contagiarnos y ponernos muy malitos», comenta Gemma, que asegura que ya echa de menos a la gente a la que quiere y que están deseando que esto pase para «juntarnos y celebrarlo». «Y compartir con ellos la inmensa alegría de que esto lo hemos superado», concluye.

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