Nacer en plena pandemia

(Este reportaje fue publicado originalmente en La Tribuna de Ciudad Real el 10/04/2020)

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Si transitar un embarazo y dar a luz es de por sí una experiencia a que sitúa a cualquier mujer en un estado de vulnerabilidad, hacerlo en mitad de una pandemia tiene un mérito añadido. Los temores propios de la maternidad se unen a la desinformación y a un entorno cambiante para convertir lo que debería ser una situación placentera en una pesadilla.

Los protocolos de actuación ante los partos se han ido modificando según se conocía más al enemigo común, el coronavirus, y se podían acotar las medidas de seguridad ante el contagio. Las primeras instrucciones eran tan cautas que vulneraban derechos fundamentales de las mujeres sin atenerse a la evidencia científica disponible, imponiendo separación obligada madre e hijo u ofrecimiento de lactancia materna diferida en vez de directa, cuando no leche de fórmula. El último capítulo se escribió hace unos días, cuando centenares de matronas de todo el país protestaron por el protocolo de la Comunidad Valenciana, que obligaba a las mujeres a parir sin acompañante, contradiciendo incluso directrices de la Organización Mundial de la Salud, algo en lo que finalmente tuvieron que dar marcha atrás.

En el Sescam hubo en un primer momento un protocolo (fechado el 13 de marzo y sujeto a revisión) que recogía prácticas como que el cuidado de un recién nacido de madre positiva por coronavirus se haría en incubadora y solo por la enfermera, cuando la recomendación actual es no separarles si la madre se encuentra en buen estado de salud. También desaconsejaba la lactancia materna, cuando la madre era positiva o sospechosa, con posibilidad de iniciarla una vez confirmado el negativo, lo que podría llevar al menos 48 horas y dificultaría la producción y el establecimiento de la lactancia. La madre tampoco podía dar directamente el biberón ni hacer piel con piel. Actualmente, la recomendación es lactar naturalmente si así lo decide la madre y practicar piel con piel, siempre con mascarilla y previo lavado de manos.

Las madres entrevistadas para este reportaje no presentaban síntomas ni fueron objeto de ninguna prueba para determinar si padecían la enfermedad. Las medidas de seguridad se limitaron a una limpieza extrema y al uso de mascarillas durante todo el ingreso; asimismo, aseguran que se promocionó la lactancia materna y que se acortó el tiempo de alta. Hoy por hoy, están prohibidas las visitas y se permite un solo acompañante.

Dos pequeñas luces se encendieron al principio del confinamiento

Los mellizos Martina y Juan Ángel nacieron el 14 de marzo en Ciudad Real tras un embarazo que fue muy bien desde el primer momento. «Para ser gemelar no hemos tenido ninguna complicación», afirma Soledad Martín, la madre. «Los bebés iban haciendo peso por igual pero he tenido un seguimiento mayor: una ecografía cada vez».

Su embarazo llegó a término antes de la orden de confinamiento y programaron su inducción para el 14 de marzo, «justo cuando empezaron a tomarse medidas serias en el hospital». Con 14 casos de coronavirus, estas eran «llevar mascarillas incluso en el parto, prohibición de visitas y solo un acompañante por ingreso, con las habitaciones de las puertas cerradas», comenta. El ambiente, según recuerda de las apenas 48 horas que estuvo en planta, era de tensión.

Nada más parir, de forma vaginal, pudo tener a sus bebés piel con piel mientras expulsaba la placenta. «Me animaron a la lactancia materna pero yo tenía muy claro que les iba a dar biberón, pues con la niña mayor estuve un año dándole pecho y al ser dos veía imposible que pudiera llevar ese ritmo», explica. Soledad se sintió muy cuidada por el personal del paritorio, que además le facilitaba los biberones a las horas establecidas, en un tiempo que sin visitas se les hizo «eterno sin ver a nadie». «Para los familiares, sobre todo para los más allegados, fue muy frustrante», aclara, «y nosotros estamos deseando sentirnos arropados por familiares y amigos y poder compartir nuestra alegría».

La foto que acompaña esta información fue hecha nada más salir del quirófano por el personal sanitario, que quiso reflejar un momento tan importante en tiempos oscuros, al ser también el primer parto en el que llevaban a cabo tantas medidas de protección. «Es muy representativa de lo que está pasando en los hospitales», comenta.

Su hija mayor (de seis años) quedó mientras tanto al cuidado de su abuela paterna. Soledad no fue revisada por la matrona de su centro de salud (Piedrabuena, donde viven) porque «solo se atienden urgencias», aunque a los niños sí les hicieron la prueba del talón.

Álvaro vio la luz en medio de la tensión

Mari Carmen pasó mal el último mes de embarazo «por la incertidumbre». Pero el 19 de marzo a las 10.30 horas, al finalizar la semana 40 de gestación, nació Álvaro. Llegó tras días de miedo a ir al hospital por contagio, a que no hubiera suficientes profesionales o que no llegaran los medios. «Rompí aguas y fuimos al hospital, pasamos por Urgencias por un pasillo diferente, así que no nos encontramos a nadie hasta llegar a la planta, donde había mucha calma», recuerda. Se quedó ingresada, con oxitocina para forzar las contracciones, «con un equipo joven que me trató muy bien». Entonces aún no se habían acortado los tiempos de alta, así que permaneció dos días, mientras escuchaba hablar a los sanitarios de la falta de medios. En todo momento llevaron mascarilla y solo se llevaron al niño para bañarlo o para la prueba del talón, aunque pospusieron la del oído. Sí acudió a la revisión de los 15 días. La matrona no la atendió después porque estaba de baja, por lo que tuvo que recurrir a una matrona privada para afrontar la subida de la leche.

En todo momento, su hija mayor, de tres años, estuvo acompañada por su abuela materna. «Cuidaba dependientes, así que estuvo una semana asilada para poder atender a la niña mientras el parto», cuenta como curiosidad.

Sara, nacida al calor de los aplausos

Foto: Tomás Fernández de Moya

Cuando Sara nació, España entera aplaudía desde sus balcones. Eran las 20.00 horas del 30 de marzo y su madre había llegado al hospital de Ciudad Real hacía muy poco, con ocho centímetros de dilatación tras aguantar todo lo posible en casa para permanecer en el centro médico poco tiempo.

María Herencia no se había preocupado antes, pero cuando se estableció el estado de alarma comenzó el nerviosismo, que combatió con información. «Si te informas y hablas con las personas adecuadas, se va superando y da paso a un estado de cuidado y medidas de seguridad», comenta.

No le aplazaron ninguna revisión del último mes, pero tomaron muchas precauciones, también una vez ingresados: «Guantes y mascarilla, desde que entras hasta que sales del hospital; ese fue el mayor agobio y tengo la nariz insensibilizada de llevarla puesta tanto tiempo». Una protección que también llevaban todos los sanitarios que les atendieron, con batas y calzas.

No obstante, no recuerda un ambiente hostil o estresante en la zona de maternidad, «lo contrario a cuando se entra en Urgencias», donde sí lo percibió. «También es cierto que con tantas medidas estás más segura incluso que antes», reflexiona María. Pasaron poco tiempo allí: llegó de noche y muy dilatada porque le recomendaron esperar lo máximo posible en casa y a las 11.30 horas dos días después ya estaban en casa.

Una dificultad añadida fue la logística con su hija mayor, de cinco años. «No habíamos preparado nada porque no contábamos con que Sara se adelantara más de 15 días», bromea María una vez pasado todo. «Imaginábamos que podía nacer durante el confinamiento, pero no lo organizamos: al final decidimos llevarla con los abuelos paternos, que son los que más cerca tenemos, pese al riesgo que conllevaba», ya que en el hospital tampoco podía estar.

«Es muy duro tener que conocer a tu nieto o sobrino por fotos o videollamada», reconoce respecto a la familia, «pero creo que va a ser beneficioso para nosotros: nos uniremos y nos formaremos como familia, sin desplazar a ningún miembro, dando espacio a cada uno de nosotros: de otra forma, las visitas siempre se centran en el recién nacido, sin tomar en cuenta a nadie más, ni a la madre o a los hermanos en caso de haberlos», concluye.

«Me traumatizó llegar a la habitación y estar los tres solos»

Su historia es la de un continuo cambio de planes. Valeria Mora Cano iba a nacer en Ciudad Real y las circunstancias la llevaron a ver la luz en Villarrobledo (Albacete). Su padre había cambiado de trabajo hacía poco, así que en febrero hicieron las maletas y se mudaron de Puertollano a San Clemente (Cuenca) para estar más cerca de parte de la familia. Los controles se realizaron con toda normalidad en Ciudad Real pero, poco a poco, la situación fue complicándose.

La cercanía de la semana 41 de gestación hizo al equipo médico recomendar a su madre, Miriam Cano, la inducción del parto, que programaron para el día 19 de marzo. Sin embargo, ya el 15 a Miriam le saltaron todas las alarmas: «Dos amigas habían dado a luz hace poco y las visitas estaban prohibidas al hospital». La culpa, el coronavirus que nueve meses atrás era impensable.

Miriam quería estar arropada por su familia en unos momentos tan difíciles. Por aquel entonces, según recuerda, ya había varios casos de coronavirus en Ciudad Real, mientras que en el centro albaceteño solo contaban dos en cuarentena, ninguno confirmado. Finalmente, acordaron el parto el 18 de marzo en el hospital de Villarrobledo, a solo 30 minutos de la familia más cercana, frente a la más de una hora y media que los separaban con anterioridad.

Miriam entró por Urgencias, con mascarilla, sin tocar nada y con miedo de infectarse. «Mi parto se dio mal, acabó en cesárea a las 22.30 horas, y me traumatizó llegar a la habitación y estar los tres solos: yo, madre primeriza con una cesárea en la cama, y mi marido teniendo que ocuparse de todo», recuerda Miriam, una situación que aún no se ha normalizado: «Mis padres y mis suegros aún no conocen al bebé, solo por videollamada», comenta entristecida.

En vez de ser llevada a reanimación, se recuperó en la misma habitación mientras el padre hacía piel con piel con Valeria y enseguida comenzó la lactancia materna, «un tema con el que me ayudaron mucho». Se sintió bien atendida, especialmente «por Víctor el ginecólogo y Marisa, la matrona». En el posparto tuvieron que tomar medidas: «Le decían a mi marido que saliera a dejar la bandeja de la comida lo menos posible», explica, y añade que le dieron el alta al tercer día, antes de lo habitual. Ahora están más tranquilos, al haber pasado más de 15 días sin presentar síntomas.

Desde entonces, Miriam apenas ha salido: solo que le quitaran las grapas, diez días después. Valeria, por su parte, tendrá que esperar para sus revisiones.

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