Más vulnerabilidad en los barrios gitanos

(Este reportaje fue publicado originalmente en La Tribuna de Ciudad Real el 22/06/2020)

Foto: Rueda Villaverde

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La recogida de chatarra da de comer a la decena de bocas que pasan a lo largo del día por la casa de Dolores: cinco hijos, sus nietos, su marido Pedro y ella. «No puedo salir, me dan 15 euros para poder comer, con el camión parado en casa, a ver qué hago», contaba uno de tantos días del confinamiento a La Tribuna, por teléfono, angustiada pero sin perder el humor. Vive en La Granja, uno de los barrios que concentra mayor población gitana. «Ya lo tenía difícil pero no me faltaba para comer, ahora nos da el cura, las hermanas de la Cruz, una poquita paga que tengo… pero en cuanto pago agua y luz se va todo», narra. «Ni lejía tenía para fregar».

La pandemia no solo la ha arrancado temporalmente de su modo de vida, también le ha puesto difícil el futuro. «Los niños no han hecho la tarea, ni pudieron ir a recoger las cosas; iban a la escuela a hacer tarea por la tarde, [la trabajadora social] ayudaba un montón y ahora se ha echado en falta, y yo soy analfabeta, estaba aprendiendo a escribir y esas clases las han parado también». Con el levantamiento de las restricciones, vuelven a mover el ‘camioncillo’: cada tres o cuatro días sacan unos 50 euros en chatarra.

No muy distinto es el caso de Enrique (nombre ficticio), que vive en el barrio de San Antón. A mediados de abril dio la voz de alarma a La Tribuna: «Los gitanos vivimos del mercadillo y al no poder trabajar pasamos mucha hambre», se quejaba. Las ayudas de las organizaciones sociales no le estaban llegando aún. Cinco personas bajo un mismo techo, con ayuda de los vecinos han salido adelante pero se sienten «abandonados a nuestra suerte» por las instituciones. No paga hipoteca al vivir en un piso de protección, pero sí agua y luz. Vivían de vender «ajos, melones…» y el confinamiento los dejó sin dinero. «Algo» ha empezado a vender mientras espera el ingreso mínimo vital.

AYUDA INSTITUCIONAL

Los primeros días del estado de alarma fueron caóticos para un colectivo que subsiste a duras penas en condiciones normales. La primera acción fue centralizar todas las ayudas en Servicios Sociales del Ayuntamiento, en el Centro Verde. La concejala del área, Matilde Hinojosa, afirma que han «atendido todas las necesidades» de las personas más vulnerables, con atención especial para los gitanos de San Martín por ser poblado chabolista, y el resto sin distinción. «En la primera oleada llamamos a las familias para ver sus necesidades y cómo paliarlas, 230 llamadas», explica, para añadir que se centraron en alimentación, que dieron por cubierta «totalmente» y suministros. Actualmente, se diseñan planes mensuales con «recursos propios, Banco de Alimentos, San Vicente de Paúl y ayudas económicas individualizadas». Para acceder a todo ello, es necesario llamar al 926.211.044, extensión 935.

Por su parte, Fundación Secretariado Gitano atiende a «unos 300 o 400 usuarios al año», comenta su coordinadora provincial, María Santiago. «Primero nos planteamos cómo afectaría la pandemia, con un 86 % de población gitana por debajo del umbral de la pobreza, 46 % en extrema pobreza y 89 % de pobreza infantil», explica. En una semana tomaron medidas, asegura, según las recomendaciones para los barrios más vulnerables. «Llamamos a todos los participantes para explicar las medidas y darles teléfonos, tramitamos cuestiones de empleo y ERTE, ayudas de comedor, etcétera». Pusieron en marcha su propio fondo social de emergencia, de 100 euros por familia, y abrieron una cuenta en www.gitanos.org para donaciones. Dieron 25 ayudas una semana, 16 la siguiente, y siguieron moviéndose en esos números.

Sus proyectos de inserción social, ya aprobados, se han tenido que reconvertir. «El del barrio del Pilar, Tendiendo puentes, se tendrá que hacer de manera virtual, a ver cómo conseguimos eso sin acceso a las nuevas tecnologías y con analfabetismo digital», se planteaba Santiago. Han tenido que reinventarse, como con el proyecto Detectives de interculturalidad, para niños, y reenfocar otros hacia el área de salud. Les queda abordar la discriminación que muchos gitanos están sufriendo, aún más con el confinamiento, en las redes sociales.

Otro de los recursos que los gitanos suelen tener son las parroquias. La de San Juan Bautista, en el barrio de La Granja, tiene «acogida los martes por la tarde a unas 80 familias», aunque por el estado de alarma «las atenciones se han centralizado en Cáritas y no hemos tenido trato directo», comenta Francisco Guerrero, el párroco, aunque aún ha mantenido el contacto frecuente con sus vecinos.

Los colegios, en la base

Muchas familias gitanas han tenido en los colegios sus centros de referencia. Raquel Sánchez Arias, del colegio Pío XII, ha estado atendiendo presencialmente a las familias cada 15 días, adaptando el material para que pudieran utilizarlo físicamente y de manera autónoma, con llamadas diarias y videollamadas «para sentirse acompañados». No se ha llegado a repartir ordenadores porque «son muy antiguos y el alumnado, por su desfase curricular, está acostumbrado a lo tangible», comenta. «Para el próximo curso nos planteamos el proyecto Carmenta, pero ahora cada 15 días hemos preparado un kit con material para cada 15 días».

El panorama del Colegio Alcalde José Cruz Prado, que dirige Fátima García Hurtado, no es muy diferente, puesto que recibe buena parte de alumnado gitano del barrio de San Antón. Las listas de difusión de WhatsApp han sido la herramienta más utilizada, útil porque solo tenían que remitir una foto o captura, pero «no hay rutina de trabajo, no es una brecha digital sino humana, han perdido el referente del maestro, la conexión». Son alumnos que presencialmente «funcionan bien» por el apoyo emocional que brinda el profesorado, pero se diluye cuando «viven pendientes de conseguir alimentos, su prioridad ya no era lo académico pero ahora lo han relegado más». «A mis llamadas atienden pero luego no cumplen», comenta, consciente de la realidad. «Las pantallas son muy útiles pero no hay tanto vínculo emocional», concluye.

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