Foto: Rueda Villaverde

Las guardianas del medio ambiente

(Este texto fue publicado originalmente en el especial de Energía y Medio Ambiente de La Tribuna de Ciudad Real el 11/10/2019)

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Los guardianes del planeta tienen la culpa de que en casa de Raquel se recicle todo lo posible. No son superhéroes de Marvel sino producto de la gamificación que realizan en el colegio Ferroviario de Ciudad Real. Dos maestras de Infantil, Rosario y Prado, pusieron en marcha este proyecto para convertir a sus alumnos en los salvadores de un mundo en pleno cambio climático. «Llevaba años reciclando pero gracias a esto nos acostumbramos toda la familia», recuerda Raquel.

Los menores son grandes impulsores del reciclaje. Suelen interiorizar rápidamente las razones para hacerlo y son en muchas ocasiones quienes ‘contagian’ a las familias. Pero tener un hijo es también un impulso para cambiar hábitos y comprometerse por dejarle un mundo mejor. Esa fue la razón de Luz para empezar a seleccionar los residuos de su hogar. «Desde que fui madre soy más consciente de cómo las cosas que hacemos pueden influir en el lugar en que vivimos y quiero que el entorno en el que vivan mis hijos sea el más saludable posible». Y añade: «Ya tenía conciencia medioambiental antes, pero desde entonces se ha intensificado».

Una vez tomada la decisión de reciclar, toca hacer algunas adaptaciones en casa, normalmente en la cocina, que es donde se generar la mayor parte de los residuos. Raquel tiene un cubo de basura dividido en dos compartimentos, uno para la fracción orgánica y otra para briks, plásticos y latas (es decir, todo lo que se depositaría en el contenedor amarillo). Además, tiene adosado a la pared un zapatero Trones, de Ikea, y reserva el cajón superior para el papel y el cartón y el inferior para el vidrio. Confiesa, no obstante, que termina guardando en este último las bolsas de papel para volver a usarlas, ya que el vidrio lo suele bajar en cuanto lo utiliza. Asimismo, guarda todos aquellos frascos y botellas de vidrio que puede reutilizar, porque tiene claro que al medio ambiente se le ayuda no sólo reciclando sino, principalmente, dando una segunda vida a todos los productos que se pueda.

Para las pilas, tiene una pequeña caja en la entrada donde van echando las que se gastan y la ropa la lleva cuando reúne la suficiente en una bolsa, por lo que no necesita un lugar específico para ello.

Cada día baja dos bolsas de basura: una para el contenedor de restos y otra para el amarillo. Este gesto es natural para ella, de ahí que no haga apología, con cierto temor a que la llamen «loca» por tomárselo en serio.

La organización de Luz es similar. Tiene un cubo para los plásticos y otro para los desperdicios orgánicos. El papel y el cartón los echa en una bolsa que guarda dentro del escobero; las pilas, en una bandeja en la cocina. El vidrio lo saca el mismo día, no lo acumula. Al contrario que el aceite usado, que va echando en botellas de plástico. «Se lo doy a mi madre o a mi suegro, que hacen jabón casero, o lo llevo a Daimiel cuando voy los martes porque tienen un contenedor a la entrada». En cuanto a la ropa, la dona o la echa en los contenedores específicos según la desecha.

Foto: Rueda Villaverde

MEJORAS

Raquel y Luz son dos de las cientos de ciudadrealeños que reciclan con asiduidad, pero evidentemente piensan en propuestas que les hagan esta tarea más fácil. Para Raquel, sería de utilidad que los contenedores estuvieran más cerca de las casas. «A mí no me cuesta trabajo porque lo tengo justo debajo, pero hay gente que tiene que andar varias calles», destaca. En este mismo sentido, Luz cree que los contenedores de aceite usado deberían ser más numerosos, pues mucha gente desconoce su ubicación. Esto sería esencial porque se trata de un residuo muy contaminante en el caso de que se eche por el desagüe.

Asimismo, Raquel piensa que animarían al reciclaje políticas que aseguraran a los ciudadanos que los residuos que separan con tanto cuidado se gestionan adecuadamente. «Siempre hay dudas de si el camión de recogida mezcla lo de todos los contenedores», recuerda, un bulo que circula por redes con distintos matices y que cada poco tiempo hay que desmentir. Por su parte, Luz también pide más información, esta vez dirigida a cómo se recicla, pues gran parte de la población aún desconoce dónde se deposita cada residuo, ya que suele llegarles información contradictoria. «Incluso habría que multar a quien no recicla», sugiere.

Luz lo tiene claro: «Quiero cuidar el lugar en que vivimos: sé que hago cosas que perjudican el medio ambiente, así que debo contrarrestarlas de alguna manera o minimizar su impacto para así dar ejemplo a mis hijos, que aprendan a ser responsables, a cuidar el entorno y a pensar en las consecuencias», de tal moda que recicla, reutiliza, conciencia a las personas de su alrededor, consume lo menos posible o compra productos con un menor impacto.

Precisamente para este menor impacto está floreciendo la economía circular. Pilar y Beatriz son un ejemplo de ellos. Estas dos ciudadrealeñas donan e intercambian prendas de ropa, aunque también utilizan grupos de WhatsApp y aplicaciones de móvil para venderlas a bajo precio a otras personas que las necesiten o comprarlas cuando son ellas las que lo precisan. De este modo se cierra el círculo en uno de los residuos de mayor impacto medioambiental: los textiles.

Foto: Rueda Villaverde

¡YO NO RECICLO!

Pero Raquel, Luz, Pilar y Beatriz son sólo una parte de la ecuación. En el otro extremo están quienes no reciclan, bien por falta de recursos bien por convencimiento.

A Isabel le gustaría seleccionar su basura, pero asegura no tener tiempo ni espacio. «Tendría que tener al menos tres papeleras, en vez de una, y bajarlo por separado», reflexiona, «y siempre voy con prisa». «Me supone un esfuerzo extra y, la verdad, no estoy convencida». Además, los contenedores de selectiva le quedan lejos y el de orgánica lo tiene en el edificio, pues lo saca el portero cada día a una hora determinada. Asegura que, en su casa, ayudaría que hubiera alguna amonestación por no reciclar, porque así se obligaría.

Aun así, el vidrio lo recicla de forma puntual: «cuando lo gasto, lo bajo». Lo mismo hace con los botes grandes de plástico, como la lejía o el detergente, puesto que no le cabe en la bolsa normal de la basura. «Me gustaría hacerlo bien, pues tengo dos hijos, de 8 y 5 años, pero no estoy concienciada». Ellos sí colaboran, dice, en la recogida de tapones: «Ocupan muy poco espacio y a los niños les gusta llevarlos a los corazones que han puesto». Además, destaca, «van para iniciativas sociales».

Tampoco separa sus residuos Alma (nombre modificado), que trabaja en un servicio de limpieza, en el que dedica casi tres horas diarias a despejar la vía pública. Puede resultar paradójico pero nada más lejos de su realidad: «Antes no reciclaba, pero desde que trabajo en esto y veo lo mal que recicla la gente ya sí que no lo hago», salvo excepciones como las botellas de vidrio.

Asegura que, en muchas ocasiones, los ciudadanos depositan la basura fuera del contenedor al ver que éste está lleno, creyendo que cuando lo recojan lo echarán en el que corresponda. Pero esto, según Alma, no es así. Quienes recogen la basura no pueden mirar el interior de cada bolsa o caja y, a no ser que sea muy evidente, lo echan en el de restos. «Me he encontrado una caja de botellas de vino con su corcho puesto, tal cual, cuando van en contenedores distintos», explica como ejemplo. Lamenta, por tanto, que la gente haya dedicado tiempo y espacio y a separar en sus casas para que luego todo llegue al mismo sitio.

Asimismo, cree que el servicio es mejorable: «Se necesitan más operarios para que puedan seleccionar lo que se encuentra por la calle y los contenedores deberían estar en mejor estado, porque suelen verse rotos y sucios», afirma. «Tengo la sensación de que al final no se recicla nada, porque en algunos casos es más caro reciclar que producir uno nuevo».

Más allá va Diana, que critica que se deje la responsabilidad del reciclaje en los ciudadanos. Tiene dos casas: en una de ellas, más amplia y con los contenedores en la esquina, sí recicla lo básico «aunque sin mucha convicción. En la otra asegura que «no cabe un alfiler» y los contenedores están lejos, así que todos sus residuos van al mismo cubo de la basura. «Además, siempre están sucios y rebosantes de basura por todos lados».

El sistema le parece «poco eficiente» y además ve grandes incoherencias. «Los plásticos que pagan la tasa se reciclan pero otro no, tenemos que comprar las bolsas de plástico en el súper pero todo viene envuelto en muchísimo plástico del que no se recicla, incluso lo que antes venía envuelto en papel, como el arroz». Prohibir las bandejas envasadas y sustituir los plásticos por otro material ya sería un adelanto, bajo su punto de vista. «Las frutas y verduras las podrían tener sin envasar y hay supermercados que tienen pescadería, carnicería, etcétera».

«Nos quedamos a medias», critica, «necesitamos políticas y un sistema más eficaz». «Que no nos digan que podemos elegir no comprarlo porque a veces no hay elección», se queja. Por supuesto, asegura, «no se puede dejar en manos de la población». «Me parece una irresponsabilidad política cargar la decisión y el esfuerzo de llevarlo a cabo sólo en el consumidor», sentencia, para reclamar medidas de supresión de residuos desde los distribuidores para que no sea el cliente final quien tenga que separar su basura.

Foto: Rueda Villaverde

SEPARADOS Y CON TRES CUBOS EN LA COCINA

Son los más jóvenes los que menos reciclan (sólo un 57,8 % de los habituales tienen entre 25 y 34 años), mientras que en la siguiente franja de edad (entre 35 y 54) reciclan el 85,4 %. Se recicla con menos dudas: el 74,8 % afirma asociar y tirar siempre en el contenedor amarillo las botellas, botes o garrafas de plástico y el 67,1 %, los briks. Las tarrinas y los vasos de yogurt (62,8 %) y las latas de bebida (62,5 %) son otros de los envases que más se relacionan y depositan en este contenedor. Por su parte, las tapas metálicas de frascos (35,1 %) y las bandejas o envoltorios de aluminio (34,2 %) son los que menos se asocian con el contenedor amarillo y, por tanto, los que menos se reciclan.

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