La Generación Z, aislada

(Este reportaje fue publicado originalmente el 11/05/2020 en La Tribuna de Ciudad Real)

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Hiperconectados, impacientes, tecnológicos, solidarios, consumidores… nacieron un poco antes de la crisis de 2008 y están por vivir una aún mayor, que sin duda marcará sus vidas. En este impasse pasan las horas entre clases virtuales, Youtube e Instagram, sumergiéndose en Tik Tok, están living con Netflix, pensando en su crush… las salidas han aliviado un poco la situación pero, en esta lucha, ellos dejan de ser niños para aún no convertirse en adultos, y lo hacen en un punto muerto.

Algunos, como Amaia Carmona, todavía no han dejado el colegio. «Me da pena no aprovechar el curso, perderme las excursiones, sobre todo la de fin de curso y la graduación, y no poder despedirme de mis profesores y compañeros». Con este panorama, la ataca la apatía: en pijama, viendo Atípico y otras series que les ponen sus hermanas, también adolescentes y también confinadas, con la tarea de lengua atrasada desde que empezó la cuarentena. «Es agobiante porque sé que tengo que hacer las cosas pero no quiero», relata entristecida. Dibuja, baile, lee.

La convivencia familiar en una etapa de la vida en que la dependencia del grupo de iguales y las tensiones con los adultos son la norma ponen a prueba la paciencia en esta cuarentena. «Mis padres están a lo suyo», comenta (trabajan ambos fuera, en el negocio familiar). Pese a ello, «hay menos roces en general y hablamos más que antes».

También habla más y discute menos con sus padres y su hermana Ismael López, de 12 años, que este año daba el paso siguiente a Amaia y empezaba el instituto. Unas dos horas le llevan las clases online, por Google Classroom y Google Meet, «aunque es más difícil enterarse»; el resto del tiempo, ve series y vídeos de Youtube y juega a la PlayStation. Echa de menos entrenar, ver a sus amigos y ya está apreciando cosas «que antes no, como ir al instituto». Y salir: «Es una hora libre: un rato con la bici, jugar en la huerta y desestresarse».

Raquel Rodríguez-Maestre, a sus 13 años, dedica al instituto (2º ESO) «toda la mañana y parte de la tarde». «Muchas veces no me da tiempo a cambiar de clase por todas las tareas que nos mandan y es un poco agobiante», comenta, preocupada por «las notas y pasar de curso». WhatsApp e Instagram copan el resto del día, videollamadas con los amigos, algo de ejercicio y un poco de lectura nocturna. «Creo que estoy más tiempo con las pantallas porque me aburro más y tampoco tengo mucho que hacer, así que cuando termino de estudiar veo la tele y estoy con el móvil o el ordenador», explica. Sus sueños, ahora, son muy terrenales: salir con los amigos y comprar chuches. Al menos, ha podido ver a su abuela «a través de la ventana» en su paseo diario, lo que la ayuda «a tener mejor actitud y demás». Está más feliz.

Misma edad y curso, una experiencia totalmente diferente. Así lo vive Ariadna Arnáiz: «De vez en cuando mi madre me deja el móvil para hablar con algunos amigos, aunque no todos los días, ni mucho tiempo», explica. El tiempo libre lo dedica a la tablet y a ver la tele -«Estamos aprovechando Netflix a tope»- y también juega más a la Wii, «siempre todos juntos, como pasatiempo familiar». Cumple el horario escolar y aprovecha los fines de semana, aunque las notas no le preocupan y cree que pasará de curso. «Los profesores saben lo difícil que es, pero me preocupan todos aquellos conceptos que dejo de aprender, sobre todo de cara al curso que viene, o no entender lo que estudio». Valora el tiempo que está pasando en familia, cuando «antes prácticamente no pasaba tiempo con mis padres», dice, y para ella está siendo un alivio poder salir un rato cada día.

«Creo que va a ser duro, porque va a ser una adaptación lenta y hasta que podamos salir con libertad absoluta va a pasar mucho tiempo». Quien así reflexiona es Maite Carmona, a sus 16 años: «Se va a ver reflejado también en la economía general e individual y también las prioridades». De su vida han desaparecido los paseos con sus amigas, el contacto con su abuela… y las han sustituido por «muros por todas partes» y reuniones virtuales con los Scout.

Tras Semana Santa lo lleva mejor, «pero tengo cosas pendientes, es bastante agobiante el exceso de tareas y trabajos que nos mandan». El cambio la ha pillado justo en un segundo trimestre en el que remontaba las notas, que ahora ve peligrar. «Me preocupa pasar de curso porque aunque solo tengo una asignatura pendiente ya he repetido en una ocasión», comenta. Y eso que ocupa «toda la mañana y algún rato por la tarde». Tik Tok, WhatsApp, Youtube, escribir, tocar el ukelele, un reto de musculación, boxeo y baile completan su día a día, donde ha dejado la rutina de maquillarse.

Para quienes sí es definitivo cómo se dé el curso es para los estudiantes de segundo de Bachillerato. Paula Escobar (17 años) y Elena Manzanares (18) se encuentran en ese punto. «Al principio fue un poco desastre porque cada profesor lo hacía de una manera diferente, pero ahora nos hemos adaptado y podemos seguir un ritmo adecuado», cuenta Paula, que dedica entre siete y nueve horas diarias al estudio. Entre sus preocupaciones, que no le dé la nota o que se le pasen cosas esenciales que luego salgan en la Selectividad. El retraso de esta prueba «no es bueno, es un mes más de agobio y de tener que estar estudiando, incluso temas de septiembre ya olvidados», además de que la crisis se ha llevado por delante «viajes planificados».

A Elena también le resulta complicado estudiar : «Mucha presión y los profesores mandan mucho contenido, tienes que dedicar el doble de horas», por lo que es «agobiante intentar entender un contenido de un nivel tan alto por ti sola, porque un profesor virtualmente no puede ayudarte de la misma manera», valora. No obstante, ahora está centrada «en sacar este curso en vez de prepararme la EvAU, asustada por la futura crisis económica». Las series y las redes sociales ocupan el resto del tiempo. Paula juega a la Wii con su madre: «Podemos estar un rato juntas y divirtiéndonos». Elena incluso ha conseguido «reunirse en Skype con todos los amigos para los cumpleaños» pero echa de menos los abrazos.

María Carmona, por su parte, estaba adaptándose al primer año de Universidad. Lleva «fatal» que no haya clases presenciales, que la motivaban, y no le gusta seguirlas por el ordenador, «fuente de distracción». «Ahora mismo estoy sobrecargada de trabajos, nada motivada y superagobiada», concluye, hasta el punto de que le gustaría «repetir este cuatrimestre presencial, porque siento que no estoy aprendiendo». Tras «tres o cuatro horas de clases online, el resto del día dedico poco tiempo en parte por desmotivación, por mi propio pesimismo y por distracciones».

Las redes sociales le suponen estrés: «No puedo evitar coger el móvil y voy de WhatsApp a Instagram y viceversa, me meto en Youtube a escuchar música, me salen vídeos relacionados que no puedo evitar ver y así en bucle hasta que me duele la cabeza», describe; cuando consigue salir «me doy cuenta de que me hace daño, que yo en realidad no soy así». Además, «acabo sin hacer las cosas que me había propuesto». Aunque la convivencia está siendo «mejor de lo que esperaba», a veces siente su «espacio invadido». Series, películas, libros y Youtube conforman el resto de sus días, junto con las reuniones de su grupo Scout y las videollamadas con familiares. «Me estoy perdiendo la primavera», lamenta.

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