Éramos privilegiados

(Este artículo de opinión se publicó originalmente en La Tribuna de Ciudad Real el 22/03/2020)

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Cada mañana, los afortunados dudamos un momento si estamos viviendo una pesadilla o si despertamos a la realidad. Nos frotamos los ojos y aterrizamos en un mundo desconocido, como un futuro distópico que de repente es presente. Si algo me acompaña estos días, pese a la sensación de vivir un infierno al que no sé cómo he llegado (porque yo hace poco más de una semana vivía mañanas, tardes y noches anodinas), es la sensación de ser una privilegiada.

Soy privilegiada porque vivo una cuarentena en casa confortable, con wifi y streaming, calefacción y despensa llena. No me oiréis una queja más sobre lo sucio que tengo el patio porque, ¡atención! ¡tengo patio! Es casi la mayor riqueza a la que cualquiera puede aspirar hoy en día. Soy privilegiada porque hace unos días, antes de que el mundo conocido se viniera abajo, pillé una oferta de pañales, e hice carga, pensando que tendría hasta el verano. Soy privilegiada porque en Navidad pequé de consumista y todos esos juguetes que no sabíamos si íbamos a utilizar ya están desgastados.

Éramos ricos y no lo sabíamos, o pensábamos que eso nos venía dado. Pasábamos las tardes jugando al fútbol en la pista o esquivando cacas de perro entre flores silvestres en un descampado y, de repente, aquel privilegio de la certidumbre desapareció de un plumazo. Pasamos de sacudirnos la arena de las zapatillas al llegar a casa a vestirnos con ropa de calle por diferenciar las horas del día. Cada tarde lo mismo, con la suerte del aburrimiento, de ver las mismas caras que ahora extrañamos, en esta bruma de ausencias. La rigidez de los horarios (desayuno-colegio-comedor-extraescolares-cena-baño-cuento-sueño-desayuno-colegio-comedor…) ha dado paso a la languidez de las horas muertas, con demasiado tiempo para reñir y poco para encontrarnos.

No sabemos cuánto durará esto y no sabemos cómo llegaremos al fin. Y entonces aparece el miedo. Miedo a una familia incompleta cuando esto pase, porque pasará, porque todo pasa. Miedo a que sea ésta la última noche que pase pegada a mi bebé porque un virus nos aísle. Miedo a que lo que venga después, a tener que adaptarse, a que nada sea igual o a que todo siga igual. Pero soy privilegiada porque, en estos días extraños de estrés y teletrabajo a deshora, de entrevistas vía WhatsApp, tengo el absoluto privilegio de cuidar a los míos.

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