El Ramadán más atípico mira hacia el hogar

(Este artículo fue publicado originalmente el 27/04/2020 en La Tribuna de Ciudad Real)

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Harira (sopa), mesemen marroquí, burak, ensalada, dátiles, abundante fruta, zumos de naranja y zanahoria, té, leche, dulces… con esta cena rompía el ayuno la familia de Mohamed Hamadi después de un día sin probar bocado. Cuatro adultos y tres niños conviven en Miguelturra desde el inicio del confinamiento y afrontan ahora el mes más sagrado del Islam, el Ramadán, que se extenderá hasta el 23 de mayo. Entre sus planes para esta celebración, que tendrán que honrar a puerta cerrada igual que los casi 9.500 musulmanes de la provincia, se encuentra rezar, leer el Corán en familia, limar asperezas y ser solidarios. «Vamos a echar en falta el rezo colectivo», reconoce Hamadi, «pero sería imprudente», por lo que la mezquita de la capital está cerrada desde el 13 de marzo.

Su conexión espiritual hace que lleven mejor el confinamiento. «El mundo creía en los poderosos, en la maquinaria del sistema, y un virus tan pequeño dejó todo parado», reflexiona Hamadi mientras teletrabaja y atiende a sus tres hijos. Este saharaui, tras 19 años en España, aún no ha olvidado el tiempo que pasó en un campamento en Argel, «donde no había comida ni ropa ni viajes ni expectativas, pero vivíamos y reíamos».

En estas circunstancias, no dejará pasar la oportunidad de ayudar. «Todo musulmán ha de ayudar sin cuestionar si le va a faltar o no, porque lo que te quitas de un lado te viene de otro», afirma convencido. Por ello, el reparto de comida y la limosna se hará este año mediante transferencias, donaciones de comida o cualquier otro tipo de ayuda sin contacto físico. El día antes del fin del Ramadán, los musulmanes entregan el diezmo, «una cantidad que se fija cada año, el año pasado fueron cinco euros por cada miembro», y que una vez más volverán a repartir entre necesitados.

Si en el piso de los Hamadi habrá mucha gente desayunando cada noche, en el de los Amenchar la escena será muy distinta. Abdul comenta que no han preparado cena especial con ingredientes típicos, sino una «como todos los días». Extreman las precauciones al máximo porque conviven con su madre, persona de riesgo, y él, que estuvo en contacto con contagiados, mantiene la distancia social dentro del hogar: «No puedo coger a mis hijos ni jugar con ellos», comenta, «solo salgo yo a comprar cada 15 días y desinfecto todo, no estoy tranquilo». El ayuno está siendo «más duro que otros años».

Aun en soledad, la celebración del Ramadán está asegurada. «Nuestra preocupación por las víctimas es mucho mayor que la forma de celebrar el Ramadán», aclara Omar Ettasi, de Attawhid, una impresión que comparte con Mohamed Kardali, de ATIM: «Estamos todos confinados aunque este sea un mes de visitas».

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