El primer arlequín de oro

(Este reportaje fue publicado originalmente en el especial ‘Carnaval 2020’ de La Tribuna de Ciudad Real el 21/02/2020)

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Pionera es la palabra que define a la «gran familia» de El Circo. Fueron precursores a la hora de aglutinar la fantasía bajo un mismo tema, iniciadores de la sorpresa al lucir espectaculares carrozas y llamativos artilugios. Pioneros, en definitiva, en llevar la esencia del teatro de calle al Carnaval. Así lo explica la matriarca de la agrupación, María Teresa González, mientras sostiene el primer arlequín de oro del Domingo de Piñata de Ciudad Real, el de 1985, al que se sumarían otros tres consecutivos, en 1992, 1993 y 1994, en sus casi veinte años de existencia. Fueron tan adelantados que ganaron el primer premio antes de que existiera siquiera el propio arlequín.

María Teresa guarda los trajes como oro en paño, con cuidado e ilusión, unos disfraces que eran su seña de identidad, con unas telas de calidad. «Íbamos cuatro o cinco a Madrid, los que cabíamos en el coche; íbamos pensando lo que queríamos hacer y al llegar allí y ver las telas, cambiábamos de idea». Su liderazgo aun hoy, 35 años después del primer Arlequín, 20 años después de que El Circo desapareciera, es indiscutible. Se nota que la mueve su pasión y que, en aquellos años, era capaz de movilizar a las más de 150 personas que formaban esta peculiar familia. Los ojos de Emi, Cefe y Ana, que no han dudado en compartir sus recuerdos con La Tribuna, se llenan de agua al recordar los grandes momentos, todo el trabajo que había detrás, la ilusión y las anécdotas.

En Navidad planteaban el tema. Libros, cine, revistas, actualidad política y cultural… la inspiración podía venir de cualquier sitio. María Teresa se ‘empapaba’ de todo ello hasta dar con la idea. «Llamaba a Paco Badía para que me recomendara películas», explica. La capitana del barco ponía en jaque a todos para conseguir lo que nunca hasta entonces había conseguido nadie: ser la gran atracción de un Carnaval que estaba resurgiendo. «Hubo años que nos ponían al final del desfile para hacer que la gente aguantara», rememora María Teresa, orgullosa de que casi a las cuatro de la tarde el público siguiera esperándoles.

En San Antón comenzaba la costura. Emi era la encargada de traducir el pensamiento de María Teresa a la tela. Unas telas que «parecían que les hablaban», en palabras de Isabel, otra de las integrantes de El Circo, cuando las compraban en Ribes, El Kilo, Julián López o Pontejos. Quedaban prendadas, ocupaban toda la mañana de los dependientes y volvían bien cargadas de material para sus casas, donde en las semanas siguientes se haría realidad el Carnaval. Emi y Pili Murcia cortaban, Maxi e Ignacia cosían. Todos los que desfilaban pasaban antes o después por sus manos para hacer a medida y ajustar cada detalle. «Nadie salía sin haber pasado la inspección», bromea Emi como si todavía durara ese momento.

Foto (también la destacada): Tomás Fernández de Moya

TRAJES MÍTICOS

Los disfraces estaban pensados con guiños constantes y con rabiosa originalidad. Valga como ejemplo las espectadoras de las talaqueras de la corrida de toros que, al darse la vuelta, eran periodistas en el tendido de la prensa. Uno de los más recordados, la Bombi…ya y Bigote Arrocet del Un, dos, tres’, que les valió un premio especial el primer año del desfile de Piñata en Ciudad Real (1984). Inolvidables los trajes de torero y las manolas de La Fiesta Nacional (Arlequín de 1992), los cancanes del salvaje oeste (1995), los vestidos pintados a mano de los locos años veinte (1985), los reyes del ajedrez y las sotas de la baraja española (1991)…

Hasta los miembros de la banda de música (eran los únicos que llevaban en aquel momento) iban perfectamente conjuntados. Y no era baladí: uno de sus máximos atractivos era el uso de la música y el baile. Pedro Abenójar, maestro de la banda de música, les componía la música cada año. Ana, cuando tuvo edad de participar plenamente, se ocupó de las coreografías, tutelada por Fernando, bailarín profesional, al que María Teresa captó, con el arrojo que la caracteriza, en un curso en la Universidad. «Venía un fin de semana, trabajábamos mucho y tenía que apuntarlo para seguir repasándolo después», cuenta Ana. Mítico fue el desfile del Oeste, cuando cada grupo, bajo la misma música, realizaba un baile totalmente distinto.

Los llamaban de todas partes. «Cuando más viajé fue con El Circo», confiesa Ana, que participó en los eventos para los que los contrataban en Jaén, Getafe, Pamplona o Madrid y por supuesto también en el viaje anual de convivencia que hacía la agrupación, que les llevó no solo a Canarias o a Mallorca, sino también a Francia o a Italia.

La otra gran atracción eran las carrozas. De su construcción se ocupaban los hombres, con Juan Carrasco y Cefe a la cabeza. «Yo era el artista: madera, hierro y sobre todo pintura, que fue mi primer oficio», rememora Cefe, que se deshace en anécdotas. «El año del elefante (1994, con la película Aladdin) salimos a probarlo a la carretera de Bolaños, solo con los hierros y la malla metálica en la que luego se ponía la tela para forrar… nos pararon para decirnos que qué era eso que llevábamos», ríe. Los coches de choque de La Feria, cada uno de un color, manejados a pedales, siguen llamando la atención hoy por su originalidad. Caballos de todo tipo y condición: con papel fallero, con madera… El Far West todavía impresiona al verlo en vídeo y la plaza de toros, con maniquís de El Corte Inglés y los músicos, con un toro que se ‘moría’ en vivo y en directo, fue una sensación en su día. Coches hechos a partir de frigoríficos viejos, con ruedas de modo, con motor de gasoil rescatado de cualquier máquina… «Todo reciclado», dice María Teresa, «así pasaba, que yo luego me enfadaba porque se nos rompía después».

El Circo se rompió en 1999. La esencia permanece. Salieron por última vez autohomenajeándose, ataviados como el circo que les había visto nacer, con el nombre ‘Más difícil todavía’. Quienes habían creado su propia familia mientras se disfrazaban, sin saber que mientras tanto creaban la familia más auténtica, cerraban un ciclo que nadie pudo continuar.

1985: Los años locos
1992: La fiesta nacional
1993: Tiempo de feria
1994: Aladdino

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