El depositario del legado del olivar de siempre

(Este reportaje fue publicado originalmente en el especial ‘PAC’ de La Tribuna de Ciudad Real el 13/03/2020)

Fotos: Tomás Fernández de Moya

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El joven Antonio Molina se considera deudor de sus antepasados y por ello cuida con esmero el campo que se le ha legado. Es ejemplo de una nueva generación de agricultores, sobradamente preparados, que conocen y celebran sus raíces. Nació hace 27 años en Calzada de Calatrava, se crió entre olivos, cereal, viñas, vacas y ovejas, se fue a la Politécnica de Madrid a estudiar el grado de Ingeniería Agronómica, continuó con el máster en la misma disciplina y otro en Viticultura y Enología, y entonces constató, por gusto, que su lugar estaba en la explotación familiar. Nada que ver con aquel que ve el campo como último recurso: su paraíso está en los olivos que han visto crecer a cinco generaciones.

Hace poco más de un año le fue aprobada la incorporación como joven agricultor, con unos 500 olivos y algunas tierras de cereal donde planta cebada y avena con veza. Unos minutos de conversación son suficientes para saber que tiene una cabeza bien amueblada y un ansia infinita por aprender y comprender. «Llegué a la universidad obsesionado con el porqué de las cosas», recuerda, lo que en ocasiones protagoniza el choque generacional entre el «siempre se ha hecho así» y el «por qué así y no de otra manera».

Su pasión inicial era la maquinaria pero dedicarse a lo que le gustaba, el diseño y la fabricación, le hubiera llevado fuera de nuestras fronteras, una distancia demasiado grande respecto a la tierra que adora y a la que volvió cada fin de semana mientras estudiaba. «Si me iba perdía el contacto con la explotación y esto cuesta mucho trabajo y muchos años ponerlo en pie», señala, «es trabajo que han hecho nuestros antepasados y tenemos que intentar dejárselo a sucesivas generaciones».

CARRERA DE OBSTÁCULOS

De hecho, si no fuera por ello, dedicarse a la agricultura hubiera sido imposible. Los obstáculos son demasiado altos: la dificultad de acceso a la tierra, la gran inversión en maquinaria especializada… Él tiene un contrato de arrendamiento con su madre, dedicada a la docencia, por los olivos que heredó de su padre. «Y la maquinaria me la deja mi padre: si no, necesitas un capital grandísimo». Esto le sirve de red salvavidas para seguir adelante, puesto que «vas a un margen tan ajustado que se necesita afilar muy bien los costes». Esta estructura familiar le permite también poder prescindir de seguros agrícolas. «Piden una prima muy elevada y no te dan lo que ganarías en una cosecha normal», sino menos, de forma que son útiles para quien no tenga otra cosa pero su opción personal y familiar es «diversificar». «Tenemos olivos, viñas, cereal, vacas y ovejas… la probabilidad de que no nos vaya bien es alta pero la de que nos vaya todo mal es muy baja», reflexiona.

APOYO EUROPEO

La Política Agrícola Común (PAC) contempla dos principales ayudas para los jóvenes agricultores. Una, la entrega a fondo perdido de 21.000 euros, insuficiente para el desembolso inicial. Otra, que Molina considera mucho más importante, es la preferencia en el acceso a la reserva nacional de derechos. «Compras tierra sin derechos de PAC y si eres joven tienes más puntos para optar a los derechos de la reserva nacional», explica Antonio Molina.

Pero la importancia de la PAC, a nivel general, va más allá. «Sin ella, podríamos subsistir pero los alimentos tendrían que valer más», expresa. Se remonta al origen de esta política europea para argumentar que es una forma de facilitar a los ciudadanos el acceso a alimentos de calidad a buen precio, por lo que para los agricultores es una compensación para que los precios justos no hagan prohibitivos esos productos para los consumidores. Gracias a la PAC, se asegura que «se cuiden estos olivos, haya una casa rural, la barra de pan cueste menos de un euro o la leche se pague a 20 céntimos». Esa misma realidad, sin la PAC, no sería rentable en modo alguno para el agricultor. Los costes son elevados. «La mano de obra nada más, si ahora mismo estamos echando diez horas al día, ¿a qué precio las pagas? ¿a los 8 euros del peón o a los 30 del mecánico? Porque si echamos 10 horas al día por 20 días al mes, que no es así porque en el campo se trabaja todos los días, salen 6.000 euros al mes solo en mano de obra», una cantidad imposible de repercutir en el consumidor.

También se queja Antonio Molina de que se achaca a agricultores y ganaderos ser responsables del cambio climático, cuando en realidad son valederos de una economía más verde: critica las diferentes exigencias a distintos países, que no se valore la acción contraincendios del ganado o cuánto CO2 fijan los olivos.

EN LA ESPAÑA VACÍA

Y, por supuesto, su experiencia confirma la necesidad de que la gente joven tome el relevo para evitar la despoblación. No ha formado aún una familia propia, pero reconoce el papel de la agricultura como papel fundamental en la vida y futuro de un pueblo. «Los que vivimos aquí necesitamos muchos servicios: supermercados, gente que nos haga facturas o que se dedique a vender, necesitamos un carpintero o mecánicos para la maquinaria… En los pueblos de la España Vacía la agricultura es el único motor que puede hacer que se quede la gente en sus pueblos y un montón de profesiones puedan establecerse».

No se siente presionado por los cambios que augura la futura PAC, que amenaza con recortes de hasta un 14 %. Asume que el mal mayor de esa reducción no es para el agricultor, que ajustará y repercutirá costes o se buscará otra actividad, sino sobre todo para el consumidor. «Si me bajan la PAC un 14 % y me suben los precios otro 14 %, a mí me da igual, pero el problema lo va a tener el consumidor: o los agricultores no van a aguantar o los consumidores no van a poder consumir», simplifica.

Otra opción es convertirse en productor, algo con lo que va a probar con un nuevo proyecto. La idea en la que está ya embarcado es embotellar 1.666 botellas pequeñas de aceite de oliva virgen extra de su variedad arbequina. No busca hacerse rico, porque asegura que necesita poco para vivir. «Pero sí quiero sentirme a gusto con lo que hago», afirma, y eso pasa por dedicarse en cuerpo y alma al campo, que es donde tiene su vocación.

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